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Banco Mundial: Para no perder de vista los objetivos de desarrollo, los responsables de formular las políticas deben reactivar el crecimiento de la productividad

20 de julio de 2020

Para no perder de vista los objetivos de desarrollo, los responsables de formular las políticas deben reactivar el crecimiento de la productividad

Ceyla Pazarbasioglu/ Vicepresidenta de Crecimiento Equitativo, Finanzas e Instituciones (EFI), Grupo Banco Mundial

El crecimiento de la productividad —producción por trabajador—es indudablemente el principal factor del aumento duradero de los ingresos per cápita, que constituye, a su vez, el motor primordial de la reducción de la pobreza. El hecho de que la pandemia de COVID-19 (coronavirus) pueda afectar aún más la productividad, después de una década de amplios retrocesos, debería ser motivo de preocupación  e intensificar los esfuerzos por alcanzar los objetivos de desarrollo mientras nos recuperamos y emprendemos la reconstrucción.

El aumento de la productividad contribuye claramente a elevar el nivel de vida: en las economías de mercados emergentes y en desarrollo que se registraron mayores avances en la productividad laboral durante el período de 1980 a 2015, las tasas de pobreza extrema disminuyeron en un promedio superior a un punto porcentual al año, de acuerdo con un nuevo estudio del Banco Mundial titulado Global Productivity: Trends, Drivers, and Policies (Productividad mundial: Tendencias, factores y políticas) (i). En el mismo período, las tasas de pobreza subieron en los países con un menor aumento de productividad.

Si bien la diferencia de productividad entre las economías en desarrollo y el mundo avanzado sigue siendo grande, la disminución de la pobreza extrema —del 36 % al 10 % de la población mundial entre 1990 y 2015— es un indicio alentador de que las economías más pobres están avanzando  en materia de productividad e ingresos.

Desafortunadamente, muchos de los factores que impulsaron la productividad en décadas anteriores han ido perdiendo vigor en los últimos años. El crecimiento de la productividad mundial alcanzó su punto máximo en 2007. Tras la crisis financiera mundial de 2007-09, las economías de mercados emergentes y en desarrollo sufrieron el desplome del aumento de productividad más abrupto, prolongado y sincronizado en décadas, que puso en peligro los avances conseguidos con tanto esfuerzo para recuperar terreno frente las economías avanzadas. Y ahora, el golpe bajo que la pandemia de COVID-19 asestó al mundo amenaza con frenar aún más la productividad.

Manejar las gigantescas dificultades sanitarias y económicas desencadenadas por la pandemia de COVID-19 es la prioridad inmediata.  Pero cuando los responsables de formular las políticas reflexionen sobre la recuperación y la reconstrucción, la reactivación de la productividad debería ocupar uno de los primeros lugares en su lista de tareas por emprender para recobrar el terreno perdido. A fin de trazar un plan es imperioso tener una visión integral de la evolución de la productividad y comprender qué la impulsa y de qué políticas se dispone para revitalizarla en la situación actual.

El análisis de las medidas vinculadas a la productividad en las economías avanzadas, emergentes y en desarrollo en los últimos 40 años muestra que las mejoras derivadas de la reasignación de recursos de los sectores menos productivos a los más productivos, como el desplazamiento del empleo en las manufacturas de bajo valor a los servicios, a la larga llegaron a su fin. Además, la estabilización del nivel educativo y el estancamiento de los avances de las cadenas de valor mundiales han contribuido en gran medida a frenar el aumento de la productividad. También han incidido en ello la estabilización o la disminución de la diversificación económica, la urbanización y la innovación. A esta situación se ha sumado una serie de impactos negativos, el más reciente de los cuales es la COVID-19. Los desastres naturales son cada vez más comunes. Solamente en lo que va de este siglo, las epidemias de síndrome respiratorio agudo grave (SRAG), ébola y zika precedieron a la de COVID-19 y, asimismo, las guerras y los conflictos armados han causado estragos.

En la actualidad hay numerosas formas en que la pandemia de COVID-19 podría amplificar las fuerzas que juegan en contra del crecimiento de la productividad. La inversión y el comercio, ambos fundamentales para promover la productividad, podrían retroceder ante la incertidumbre acerca de la duración de la pandemia  y del nuevo panorama que se presentará para las empresas cuando la pandemia termine. La pérdida de oportunidades de escolarización retrasará la acumulación de capital humano para muchos jóvenes. Las restricciones a la movilidad pueden lentificar el desplazamiento hacia firmas y sectores más productivos.

“La aceleración de la adopción de tecnologías y una mayor resiliencia en las cadenas de suministro se cuentan entre las formas en que la productividad puede haber recibido un fuerte impulso a raíz de las perturbaciones provocadas por la pandemia”.

También puede haber oportunidades de mejorar la productividad fomentadas por nuestra búsqueda de soluciones a los problemas que enfrentamos. La aceleración de la adopción de tecnologías; la incorporación de tecnologías digitales en las manufacturas, las finanzas y la educación, y una mayor resiliencia en las cadenas de suministro se cuentan entre las formas en que, paradójicamente, la productividad puede haber recibido un fuerte impulso a raíz de las perturbaciones provocadas por la pandemia.

Aun así, los responsables de formular las políticas deben asegurarse de que los posibles beneficios en estos ámbitos se distribuyan equitativamente y de que los cambios en el mercado laboral relacionados con la tecnología se acompañen de capacitación y protección social. Del mismo modo, la inversión pública destinada a generalizar el acceso a Internet podría ampliar la disponibilidad de escolarización y formación virtuales de buena calidad. Una fuerza de trabajo mejor educada tiene menos probabilidades de ser reemplazada por la automatización.

El contexto general nos exhorta a analizar de qué manera se pueden recuperar o acelerar las mejoras de productividad una vez que la pandemia haya remitido. Algunos ejemplos pueden resultar ilustrativos. Diversas economías de mercados emergentes y en desarrollo han cerrado con especial acierto la brecha de productividad con las economías avanzadas. Comparten algunas características, como una sólida base educativa, fortaleza institucional y una estructura de producción diversificada.

En el futuro, las prioridades normativas variarán de una región a otra. Por ejemplo, las políticas concebidas para impulsar la inversión serán particularmente importantes en Asia meridional y África al sur del Sahara, donde las deficiencias de infraestructura son grandes, así como en América Latina y el Caribe, donde la inversión ha menguado o se ha contraído. Las iniciativas encaminadas a elevar el nivel educativo también podrían estimular el aumento de la productividad en Asia meridional y África al sur del Sahara.

“La amenaza que la pandemia plantea para la productividad requiere medidas urgentes para contener esas caídas”.

La diversificación económica podría ser clave para fortalecer la productividad en regiones que dependían considerablemente de la producción de energía y metales, como Europa y Asia central, América Latina y el Caribe, Oriente Medio y Norte de África, y África al sur del Sahara.

Las políticas para revitalizar la adopción de tecnologías y la innovación podrían incentivarse reforzando los derechos de propiedad intelectual en Asia oriental y el Pacífico, reduciendo la propiedad estatal en Europa y Asia central, o modernizando la rígida normativa laboral en América Latina y el Caribe.

En todas las regiones, la reducción de las barreras comerciales y la integración en las cadenas de valor mundiales también podrían estimular la productividad de las empresas. Además, en vista de la posibilidad de dificultades financieras en los meses venideros, la transparencia en relación con la deuda y la inversión será crucial para lograr buenos resultados en términos de desarrollo. 

Teniendo en cuenta el papel preponderante —y el bajo nivel de productividad— de la agricultura en muchos países de ingreso bajo, las políticas aplicadas para elevar la productividad agrícola mediante la inversión en infraestructura y la promoción de los derechos sobre la tierra y los bienes también traerían aparejados notables beneficios.

La desaceleración de la productividad es compleja, y resolverla exigirá soluciones polifacéticas. La amenaza que la pandemia plantea para la productividad requiere medidas urgentes para contener esas caídas. Si no perdemos de vista la recompensa de poner fin a la pobreza, incluso a la vez que enfrentamos los impactos devastadores de la COVID-19, debemos hallar formas de reactivar el crecimiento de la productividad y generar un aumento de los ingresos sostenible, equilibrado y equitativo.

Fuente/ Blog Banco Mundial 

 

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